
Conozco una familia que me ha dejado una moraleja muy importante para plasmarla en mi blog de familias. Porque a veces la realidad puede superar la ficción, y a veces puede llegar a ser muy dolorosa.
Se trata de un matrimonio muy trabajador, ambos con buenos empleos que les permite llevar una vida, que aunque no es opulenta, les da cierta tranquilidad. Sólo tienen un hijo, y regularmente está a cargo de una doméstica, y en muchas ocasiones cuando ellos viajan, queda a cargo de la abuela o algún tío.
Voy al grano: Cierta vez conversaba ese niño con un amiguito, y ante la pregunta correspondiente, el niño de mi historia respondió:
Como me crié con una cultura muy latina del valor de una madre para cualquier persona, pues me causaron algo de curiosidad esas palabras tan inesperadamente frívolas en un niño de corta edad, y entré en la conversación de los 2 chicos, tratando de presentar más normal la situación, argumentando:

Tajante y sin dudarlo, el chiquillo respondió: "Pues sí lo es".
Por la naturaleza de los hechos, ni un instante dudo que el lector, además de pensar en la ficción como primera opción, se imagine que exageré o que entendí mal. Y realmente, me hubiera gustado que ese fuera el caso por lo que representa ese único hijo para un matrimonio que no supo darle lo más importante a su hijo, o sea, amor.
Porque realmente comprobé que el lindo perrito era el mejor y único amigo de ese solitario niño, por lo cual sus fantasías y afectos giran en torno a su mascota.
Se trata de un niño que sin ser millonario, recibe "todo", menos amor. ¿Cómo así?, ¿no es eso una contradicción?. Pues no lo es, porque tal como lo leyeron, así lo deben entender: Recibe "TODO" desde el punto de vista de juguetes y cosas, pero no recibe el afecto a que aspira un chiquillo, porque sus padres están muy metidos en los líos de consolidarse en sus respectivas carreras profesionales, y la doméstica lo ve a él como un empleo y no como un chico falto de afecto, por lo que le fastidian sus malas conductas.
He escuchado de niños con carencias de afecto, y como no me considero ni extraterrestre ni superdotado, estoy superconvencido que el lector también tiene conocimiento de muchos casos cotidianos semejantes. Pero, lo que nunca imaginé escuchar es que una mascota ocupe el lugar afectivo de los padres en un hijo.
Se crea en un ambiente semejante, una situación de desapego, de desamor, de mal querencia, cuyas consecuencias no se verán sino a largo plazo. El paradigma de educación familiar con el que fuímos todos formados, ustedes y yo, es el paradigma del amor como fundamento para levantar una familia feliz y emocionalmente sana.

La gente ha leído un sin fin de publicaciones acerca de lo inconveniente de descuidar el calor afectivo hacia el cónyuge y hacia los hijos, y creo que estos dos exitosos profesionales alguna vez hayan leído algo al respecto. No obstante, se ve que una cosa es leer y otra es aprender, y el caso sucintamente detallado, creo que me ahorra explicaciones y además lo ilustra muy dramáticamente.
Alguna vez escuché a alguien recriminarle a su pareja, que si iba a tener hijos para no ver de ellos, mejor hubiera sido no tenerlos. Esa fría lógica calza perfectamente en esta familia.

No encuentro la manera más conveniente o más asertiva de presentar la moraleja, porque personalmente esa historia choca con el paradigma familiar de cualquier latino, por lo que luego de llenarme de valor en presentar una historia tan insólita, sólo me resta finalizar con una reflexiva incógnita:
a quien prefieres que ame más tu hijo, ¿a tí o a tu mascota?; y si consideran insensata la pregunta, o quizás fuera de lugar, entonces los invito a releer este valiosísimo post por su carga emotiva y reflexiva.
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